Anáfora

Narrativa

Cada vez que siento cerca los latidos del ahora surgen los recuerdos como salen las personas de la niebla.

Morirse de memoria, Emiliano Monge.

La idea del final se comenzó a formar cuando, sin darme cuenta, los años juntos se volvieron segundos. Comprendí entonces que, después de la despedida y el último abrazo, lo único que me quedaría sería tu cepillo de dientes en el baño, dos libros subrayados, una chamarra y un catálogo de recuerdos.

Recuerdos que desde el último abrazo que compartimos regresan por un tiempo y se escapan mientras trato de encontrar el lado frío de la almohada. He convertido el insomnio en bandera atado a la rigurosa tarea de encontrarte, pero lo único que he logrado conseguir es mantenerme toda la noche en vela. Doy vueltas en la cama y sólo consigo que vuelvas en pedazos que han perdido su orden y que, de tanto repasar, no logro acomodar. Trato de olvidar, pero es mi subconsciente el que se aferra y no encuentra la manera correcta de dejarte ir. Durante el día es fácil, la rutina te aleja, te hace a un lado. El problema surge cuando el ruido se escapa y las luces se apagan. Cuando en mi habitación se hace de noche y, acorralado por el silencio de la penumbra, trato de olvidar para poder descansar.

¿Qué es el recuerdo? Me pregunto mientras trato de dormir.

El recuerdo es una figura que ha perdido su forma.

es un rompecabezas al que le faltan piezas.

es el retrato de una imagen que no deja de moverse.

es una foto que ha perdido el color.

es una situación atemporal y de complicada configuración.

es un rebelde que vive en el limbo de los tiempos verbales. Sucede en el pasado, se repite en el presente y permanece en la memoria para ocupar un lugar en el futuro.

es un instante que se ha vuelto constante y que ha perdido su espontaneidad.

es un trazo interminable al que se le escapan los detalles.

es un espejo roto que se refleja desde distintas perspectivas.

es un eco que ha perdido la voz.

El recuerdo fue una parte de nosotros a la que buscamos volver.

Por eso, como Ireneo Funes, personaje de Borges presente en un cuento de Ficciones, viviré para recordar. Me convertiré en un minucioso. Estaré tan concentrado intentando recrear el pasado que no quedará espacio para pensar en el presente. «La tarea», como dice Borges, «será interminable». Porque algunas veces entre vigilias vuelves, pero ya no sé si el vestido era verde o si era rojo y entre las dudas que me invaden, me pierdo en los detalles que nunca reparé y que hoy me roban las horas de sueño. Y juego con el recuerdo estirándolo al máximo hasta terminar con las variantes para darme cuenta que no es real.

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La falsedad se hace presente en los detalles, ya que nunca vuelves con los ojos hinchados después de despertar, con la mirada dormida todavía y el pelo despeinado. Nunca vuelves para sorprenderme por la espalda, con la cara lavada, enfundada en una de mis playeras viejas, mientras acercas tu taza con una sonrisa que demanda café. ¿Cómo negarte el mundo cuando lo exiges con esos ojos? Pero, sin darme cuenta, llegó agosto y la distancia del tiempo se ha vuelto perceptible; sobre la mesa sobran las tazas y vuelvo a hundirme en mi memoria esperando que vuelvas y dejes de repetirte.

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