Silencioso mundo

Narrativa

Desde aquel accidente que le prohibió volver a manejar, disfrutaba pasar las tardes en la sala de su departamento nuevo mirando el ir y venir de los coches desde la ventana. Desde el primer día le había encantado la vista y a partir de entonces pasaba horas observando el pasar de los automóviles al otro lado del cristal. Después de vivir durante más de 25 años en una casa de dos plantas, sin otra vista que el árbol descuidado del vecino, le asombraba la posibilidad de contemplar la ciudad desde un séptimo piso y las variantes que esto le podía brindar. Más de una vez llegué a visitarlo y lo sorprendí, enfundado en su bata de noche, sentado en el mismo sillón, con los ojos perdidos en la ventana mirando pasar la tarde.

Comenzó a dejar de escuchar con claridad y los días se volvieron silenciosos, casi mudos, pero adquirieron color con las cosas que cada día descubría. En la medida que fue perdiendo la audición, aumentó también la finura de sus demás sentidos. Perdía la habilidad en uno, pero ganaba sensibilidad en los otros cuatro. Cualquiera que se sentara a su lado y lo viera comer se podría dar cuenta de lo que hablo. Para él la comida es un acto solemne, acompañado siempre por una Cuba y que, para disfrutar a plenitud, hay que ensuciarse con la comida alguna de las prendas, por lo general la corbata o la camisa.

Otro ejemplo es el habla cuando, aún con el palillo en la boca, recordaba y platicaba las anécdotas de su pasado. Su tema favorito: la infancia. Un paraíso perdido al que con el recuerdo intentaba regresar en vano. Una vida que dejó atrás siendo un adolescente cuando subió al barco que lo trajo a América. Bastaba que alguien le preguntara “Don Félix, ¿se acuerda de…?” Para que su memoria corriera y las anécdotas de su juventud, acompañadas de risas que normalmente no le dejaban terminar, empezaran a ser relatadas. Las manos le temblaban y los ojos se le llenaban de júbilo cada que intentaba describir sus años de gloria.

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En el tacto también era notable el cambio. Todo aquello que no podía decir, lo demostraba con el cariño que regalaban sus manos. Nunca faltaban ni los besos, ni los abrazos. La testigo principal de esto es mi abuela, a quien, cada que las cosas se empiezan a poner mal, sus manos buscan y se aferran intentando encontrar respuestas. Unas manos de carpintero gastadas que nunca dejan de demostrar su afecto y su habilidad para seguir arreglando cosas a sus más de 80 años. Manos de comodín, dispuestas a hacer todo lo relacionado con arreglar alguna falla en el hogar.

Los que creo que más se han sensibilizado son sus ojos. Dispuestos a sorprenderse con cada descubrimiento, a diferencia del semblante serio con el que aparece retratado en sus fotos de joven, ahora las lágrimas no se esconden y aparecen con facilidad. Es suficiente con que encuentre algo que le resulte novedoso para que los ojos le jueguen en contra y se tornen vidriosos. Incluso algo tan sencillo como el internet ha sido responsable de hacerlo llorar. La última vez, aquella tarde que nos llamamos por Skype. No podía creer la cercanía que las pantallas podían ingeniar. Después de hablar durante un tiempo y ensañarle un poco de las calles de la ciudad, se despidió apresurado. Antes de colgar, sin que él se diera cuenta, pude apreciar cuando empezó a llorar.

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