Tercer tiempo

Futbol

Eso no puede ser fútbol, eso tiene que ser otra cosa.

Cada que se juega un clásico en mi casa se disputa una rivalidad de tres bandas. Por un lado está mi hermana, con un anhelo de pertenecer a la realeza y por eso, fiel seguidora de las camisas blancas y pulcras del Real Madrid. En segundo lugar se encuentra mi padre, para quien una jugada puede ser tema de conversación durante una semana entera, siempre atento a los detalles, enamorado de la exactitud en el juego del Barcelona. Por último, el tercero en la lista y comúnmente también en la tabla, me encuentro yo; un colchonero que, a falta de títulos que lo avalen, se desborda de emoción por el coraje con el que los rojiblancos le hacen pelea a dos de los equipos más grandes en toda Europa.

Como es costumbre el clásico empieza desde minutos antes de la patada inicial con las botanas y el acomodo de los lugares sobre el sillón de la casa. Cada que hay partido los lugares son repartidos de la misma manera. En cada uno de los extremos se colocan los integrantes de los equipos en disputa y en medio de ellos, como una línea divisoria, el integrante cuyo equipo no está convocado al encuentro. Un mediador que, a modo de consuelo y conforme el partido se desiguala, se perfila al lado de quien se encuentra abajo en el marcador.

A pesar del honor en disputa, cada que se juega un partido de este calibre, la emoción y los festejos desbordados son dejados de lado. Es una regla tácita que durante varios años los tres integrantes hemos seguido con cuidado. No podemos burlarnos del perdedor, pero el perdedor tampoco puede hacer reproches ante errores por parte de los suyos. Como muestra de respeto hacía los demás en la sala la euforia es frenada y los gritos de gol, ya sean a favor o en contra, por lo general son gritados en silencio.

Ahora el derbi cambió y esta vez me tocó ver el partido en Estados Unidos, lejos de casa y en compañía de mi nuevo roomie. Un francés madridista que no habla español y que, al igual que yo, habla inglés como su segundo idioma. El partido fue muy distinto a lo que me esperaba, pero no a lo que estaba acostumbrando. Aquí también el encuentro transcurrió en silencio y acompañado de alguien que apoya al equipo rival. Aquí también los reproches se señalaron tronando la boca y moviendo las manos en el aire intentando señalar las infracciones ignoradas. Ahora el silencio que prevaleció durante los noventa minutos no se debía a la empatía familiar respecto a los sentimientos del otro, aquí la falta de sonido se generó por la barrera que nos impusieron los idiomas. A pesar de que los dos somos amantes del futbol, tratamos de hablar lo justo durante el encuentro para impedir que una falla en la comunicación generara malentendidos con el otro. Al final del día, no somos más que un francés y un mexicano que viven juntos y que intentan ver un derbi madrileño desde el gabacho. La paradoja del futbol, un deporte que une fronteras, pero se encarga de separarlas por el color de la playera que portan durante noventa minutos.

Derbi

La mayor diferencia ahora en comparación con los clásicos vistos desde mi casa, fue el transcurso del tercer tiempo. Porque a pesar de lo parecido que pudo haber sido el desenlace del encuentro, esta vez no hubo reclamos por parte de mi madre al llegar tarde a comer después de ver el resumen del partido. Esta vez no hubo miradas de consuelo al finalizar la dolorosa derrota. Esta vez no se discutieron las jugadas trascendentes sobre la mesa durante la hora de la comida. Esta vez el tercer tiempo fue un acto que tuve que sobrellevar solo, desde el otro lado de la frontera.

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