Detrás de cámara

Narrativa

Su belleza era un rompecabezas.

Las tierras arrasadas, Emiliano Monge.

Era difícil saber por qué me resultaba tan atractiva si a simple vista no era una mujer que llamara la atención por su belleza. A lo largo de mi vida había conocido bastantes mujeres con esa virtud, pero ella era distinta al resto. Tenía ese algo, ajeno a las palabras y la belleza, que resulta imposible de describir. Un atributo que muy pocas poseen y que al hacerlo nos obligan a colocarlas por lo alto, en un pedestal. Tan alto que, en ocasiones, las terminamos colocando por encima de nosotros mismos.

Con las fotos le sucedía lo mismo. A parte de que las odiaba y se hacían un falso ritual, era la persona menos fotogénica que jamás he conocido. No se sentía cómoda frente a las cámaras y cada que la retrataban tenía que salir volteada o distraída haciendo algo. Su urgencia por terminar con la sesión la apresuraban y cuando por coincidencia o tesón el fotógrafo lograba tomarla de frente, ella siempre sonreía extraño y no en la cantidad adecuada. Parecería como si la sonrisa de la foto no fuera suya del todo y que, de haber pulsado el disparador medio segundo más tarde, la mueca sería la indicada. Cualquiera que observara sus fotos podría decir que sonreía a destiempo. Que acompañada por el camarógrafo adecuado el resultado podría ser distinto, pero por más que se intentara, cada foto nueva terminaba siendo igual a las demás.

La mujer en persona y la mujer en el marco de madera eran muy diferentes y podían pasar por personas completamente distintas. La cara de una y la otra no coincidían. Lo que pasa es que se necesitaba interactuar con ella para encontrar el brillo que reflejaban su ojos al hablar, un gesto imposible de retratar. Era como si su felicidad fuera momentánea y no una Polaroid instantánea lista para presumir o colgar en la pared. Hacía falta de el dialogo para conocerla y entender que su belleza no era superficial. Había que hurgar entre las palabras para llegar a comprender que era la risa y no la sonrisa lo que la volvía especial.

lluvia

Por eso, aunque parezca burda la comparación, creo que se puede hablar de ella como si de una cebolla se tratara. No por la forma, sino por las capas que la cubren y que había extraer para encontrarse con ella. Para llegar a descubrirla era indispensable ir paso a paso, capa por capa. Pero como pasa siempre que se termina de cortar la cebolla, cuando se llega al corazón, salen lágrimas. Porque una vez llegado el final no hay marcha atrás y cuando te parabas en reparar en la mujer sentada junto a ti, alguien más rápido que tú, se encargaba de recordárselo y se la llevaba de tu lado.

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