Av. Senda del misterio #74

Narrativa

Y qué guapa estás/ sonriendo a pedazos;/ y qué idiota fui/ al querer reconstruirte.

Con tal de verte volar, Miguel Gane

Lo que más me sorprendió cuando me vine a vivir a la provincia fue el tamaño del cielo. Acostumbrado a la neblina constante de la capital, hasta que llegué a Querétaro fue que descubrí lo enormemente azul que podía llegar a ser la superficie. Es pasando Satélite, mas o menos a la altura de las famosas torres de concreto que hacen homenaje a los colores primarios, donde se empieza a apreciar cómo el cielo comienza a extenderse.

Ante el firmamento oscuro, mi sorpresa se multiplicó. Cuando cayó la noche, la superficie negra y la soledad de la luna en lo alto me parecieron infinitas. Hasta ese día logré entender aquello que había leído tiempo atrás. Se dice que si dos personas contemplan la misma luna significa que, a pesar de no estar juntas, los individuos implicados logran estar cerca. Ignoro dónde lo leí y también lo factible que pueda llegar a ser esta singular teoría de conexión (intra)espacial. Lo cierto es que, a los diecisiete años, siendo un niño todavía, cuando llegué en solitario a la ciudad de La Corregidora, la única forma que tenía para no sentirme tan solo y lejos de casa, era voltear a la luna esperando que alguien de mi familia, al otro lado de la noche, pudiera verla también.

La luna

Hace tiempo conocí a alguien. Para romper el hielo puse sobre la mesa la teoría de la luna. Ella la escuchó sorprendida. Durante el resto de la noche no dejo de mirar al cielo. No sé a quién buscaba en aquella luna, pero así como ella no pudo evitar de ver hacía arriba, yo no pude dejar de mirarla. Había algo en su ojos incrédulos. Su forma inocente y bondadosa de interesarse por los detalles más insignificantes eran una forma de acercarse a la vida que nadie nunca me enseñó. Su sonrisa se convirtió para mí en una forma de enseñanza breve. Y es que ella no decía —te quiero— como lo haría la gente común, simplemente se quedaba callada. Miraba directo a los ojos y sonreía. Sin darme cuenta, como Horacio Oliveira en Rayuela, había encontrado a mi Maga y la había dejado ir. Estaba frente a mí, pero no la quise ver. Y podría caer en clichés y sentimentalismos diciendo que con ella el tiempo tenía otro ritmo y que los segundos corrían más despacio, pero la verdad es que no es cierto. No es que con ella a mi lado la vida fuera mejor, pero de algún modo, la vida era vida, no este transcurrir de días sin sentido. Nunca se lo dije, pero quiero creer que esa forma silenciosa que teníamos de querernos fue lo más cerca que jamás he estado de amar a alguien. Porque, como dice Cortázar, cuando dormíamos juntos, era el amor el que nos hacía a nosotros.

Cuando la tarde sonrojada se despide a lo lejos y los faroles de la calle se prenden, miro la luna. La contemplo esperanzado. Volteo y le pido que me devuelva aunque sea un reflejo para sobrellevar la soledad que la noche me depara. Alzo la vista tratando de encontrarte en ella. Tú, ¿a quién buscas cuando la miras?

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