En renta

Narrativa

Durante mi vida he vivido en cuatro casas distintas y las cuatro veces me ha pasado lo mismo. Nunca puedo quedar conforme con las mudanzas que hago. Me esmero en repasar los objetos seleccionados para el nuevo hogar, pero cada que termino no puedo evitar pensar que algo falta por guardar.

Me resulta complicado apreciar todas mis pertenencias cuando vivo de planta en algún lugar. En mi afán por adaptarme y sentirme cómodo lo antes posible, muevo muebles y descuelgo cuadros olvidando el lugar de origen de las cosas. El problema comienza cuando el contrato de renta se termina y tengo pocos días para desalojar el lugar.

Empiezo por guardar en cajas mis pertenencias, pero las cosas se multiplican y las cajas nunca son suficientes. Por eso hago una selección de objetos y, de acuerdo a mis propios lineamientos, hago a un lado las cosas que considero inservibles. Es entonces, cuando intento escoger los objetos con los que me voy a quedar, que el paredón se torna subjetivo y se alarga en un tirabuzón que indudablemente me regresa al mismo punto de partida. Por eso, cada que encuentro una solución, la misma pregunta vuelve a surgir ¿cómo deshacerme del recuerdito o del llavero de aquel viaje a Cuba con la familia?

No es fácil dejar las cosas atrás y menos cuando hemos acostumbrado nuestras vidas a necesitar de ellas. No es que simplemente nos deshagamos del recuerdo del viaje, es que en él, sin importar el tamaño de la pieza, depositamos la esperanza de volver. Una parte de lo que en aquel entonces fuimos y que esa pieza de madera tallada a mano nos ayuda a recordar.

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Por eso me cuesta tanto guardar las cosas y acomodar las antiguas en su lugar. Porque a pesar de estar en el espacio al que pertenecen, los objetos que antes estaban y que hice a un lado durante un tiempo, no forman parte del lugar que poco a poco construí durante mi estancia. Aun así intento ordenar hasta encontrar un acomodo coherente, pero cuando todo queda listo, el resultado me parece extraño. Lo que pasa es que con el nuevo acomodo, o con el acomodo antiguo que me dediqué a deshacer, el departamento no se parece en nada al lugar que llegué a considerar mi hogar.

Es entonces cuando logro percatarme que las cosas estuvieron ahí desde antes de mi llegada y que el extranjero del lugar fui yo. Un lugar al que pertenecí, pero que nunca fue mío del todo. Por eso, con las cosas guardadas en cajas listas para desalojar, entrego las llaves e intento despedirme esperando que no se me olvide nada. Pero cuando volteo a mirar por última vez, sólo alcanzo a distinguir ganchos que cuelgan vacíos y las repisas sin libros de un departamento amueblado que vuelve a estar a la renta.

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