Tiempo al tiempo

Narrativa

La suave lluvia de otoño en Noviembre me despierta. La hora para irse se acerca, afuera caen las finas gotas y dentro sólo se escucha el sonido del silencio que retumba en las paredes. El silencio más pesado de todos, el de la partida. El que de golpe, trae todos los recuerdos y los escupe en la cara intentando hacernos cambiar de opinión.

El final inminente, como sucede a menudo con la mayoría de los finales, llegó antes de tiempo. Sin darme cuenta uno a uno los días fueron cayendo del calendario hasta que no hubo más hojas que arrancar. Cuando me di cuenta era tarde y el reloj ya marcaba el final. El tiempo es un animal invisible que corre junto a nosotros cuyas huellas sólo son visibles a la distancia, cuando miramos hacia atrás. Lo que pasa es que los segundos se empeñan en no dejar de avanzar, cuando lo mejor sería que de vez en cuando dejaran de hacerlo.

Por eso creo que se sueña tanto con poder regresar el tiempo. Independientemente que “el hubiera” no exista, todo aquel que cuenta su historia no se cansa de enumerar las hazañas que pudo haber realizado en el pasado. Como dicen, recordamos para volver a vivir, pero lo cierto es que aquel que vive recordando no hace otra cosa más que vivir en el pasado. Empeñado en recordar un tiempo que ya fue, el nostálgico olvida su presente. Vive en un pretérito constante y, sin darse cuenta, la arena del tiempo se le escapa de las manos.

El ejemplo más claro del afán por querer pausar el tiempo son las fotografías. Las fotos son un intento bien llevado por intentar detener el transcurso de los segundos. Las instantáneas, como su nombre lo indica, fueron inventadas para retratar el instante de su captura. Hoy en día, gracias a la tecnología, nadie se molesta en revelar las fotos que se toma. Con la memoria inacabable de nuestros celulares a nuestra disposición, una foto no es suficiente para congelar los momentos. Somos perfeccionistas y no nos arriesgamos a que la foto pueda salir mal. Por eso atiborramos de  flash los momentos tratando de conseguir la foto correcta, aunque la captura se olvide y se pierda en el fondo del carrete. 

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Basta entrar a la casa de alguien mayor para observar la importancia que tienen las fotos. Casi siempre en la mesa de entrada hay una colección en marcos de madera de momentos congelados. La cena familiar, la boda de los hijos, el viaje a Europa, el puente que aparece en las películas, el nacimiento de un nieto. Marcos llenos de recuerdos, o mejor dicho, de intentos por recordar un tiempo que fue y que ya no es.

Ahora me voy y toca abrir otra puerta, colgar la llave nueva en el llavero, acostumbrarme a reconocer el olor  de un nuevo lugar, comenzar a tomar fotos para crear recuerdos y poderme sentir de nuevo como en casa. Extrañaré Querétaro y su cielo inmensamente azul, sus atardeceres sonrojados, la simetría de su centro, sus lluvias de otoño en la mañana, los arcos que la dividen, su gente y a ti. A ti, que llegaste ya tarde una tarde cualquiera sin saberlo y sin querer. A ti, que me enseñaste que el reloj corre, pero que nosotros marcamos su rumbo. A ti, que sin fotos me regalaste suficientes momentos para memorar. A ti, que me hiciste comprender que se puede amar entre risas y olvidar todo en el camino, incluso el transcurso del tiempo.

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