Despedidas que se resisten

Narrativa

Todo aquel que vive lejos sabe que en algún momento el regreso a casa será con lágrimas en los ojos. En el fondo tenemos la certeza que un día, estando lejos, el celular sonará y que las noticias al otro lado de la línea nos harán regresar apresurados sin dejarnos disfrutar el paisaje de una carretera tantas veces transitada. Por eso nos cuesta tanto despedirnos, la incertidumbre sobre la ausencia momentánea del otro nos asusta. Como dice Javier Marías, se espera a que transcurra el tiempo en la ausencia pasajera del otro, pero el tiempo no transcurre igual. Es por eso que nos despedimos varias veces tratando de no omitir ningún detalle, pero las despedidas terminan incompletas.

Para mí, desde que dejé de vivir en mi casa hace poco más de tres años, las despedidas se han vuelto una constante. Como sólo vivo a dos horas y media, cada quince días la rutina se repite. Todo empieza con la sobremesa después de comer. Mientras tomamos el café no puedo dejar de pensar en la carretera y las horas que me esperan de regreso. Pocas veces he podido olvidarme de todo y disfrutar de la plática. Desde que recogemos los platos de la mesa me convierto en el insomne que, mirando al techo, hace cálculos mentales sobre las horas que aún le quedan por dormir. Así como a él las matemáticas le quitan el sueño, a mí me recuerdan que cada vez falta menos para tenerme que marchar. Cada risa y cada anécdota son segundos que se van, ojalá pudiera vivir en ese instante un par de risas más, pero se hace tarde y el reloj ya marca las 15:30.

Una-pequeña-pero-verdadera-historia-de-amistad

Llega la hora y el silencio inunda el comedor. Me despido de mi hermana que se sube a su cuarto a descansar y mis papás me acompañan a la puerta sin saber bien qué decir. Caminamos callados y alargamos los pasos tratando de aplazar el inminente final. Con la maleta colgada en el hombro, me despido de los dos y mi mamá me persigna con repentina devoción católica. Acomodo mis cosas en la cajuela y me subo al coche, pero antes de cerrar la puerta alcanzo a escuchar «nos hablas cuando llegues». Es lo único que dicen, pero entiendo que el trasfondo del mensaje va más allá. Intentan decirme que me cuide, que sea precavido, que vaya despacio, que me llevo una parte de ellos conmigo y una frase basta para entenderlos. Es como si los dos supieran que se puede decir más hablando menos y que si exageramos las palabras tienden a perder su peso.

No sé cómo contestarles, a mí también se me esfuman las palabras cuando me tengo que despedir, por eso bajo la venta y me despido con la mano extendida. Desde el marco de la puerta ellos me miran abrazados, con los ojos húmedos mientras agitan las suyas intentando devolverme el gesto. Aguantan las lágrimas hasta que el coche avanza y piensan que ya no los puedo ver. Lo que no se dan cuenta es que el espejo retrovisor los delata y que, cuando me enfilo para marchar, a lo lejos alcanzo a distinguir cómo comienzan a llorar.

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