Karius, sinónimo de fallo

Futbol

Un malentendido que rodea al futbol actual es considerar que está exento de errores. Hoy en día el juego gira entorno al error y no a pesar de él. Como decía Galeano, el juego se organiza para impedir que se juegue y por eso los fallos se han vuelto parte fundamental de su estructura. No en vano, buen número de los planteamientos tácticos se orientan a provocar el desacierto del rival.

Un entrenador que tuve hace algunos años decía —Qué se equivoquen ellos—. Los equipos han perdido la paciencia y se han vuelto mayormente pasivos. La estrategia generalizada es la del despiste moderado, se juega a esperar y no a proponer. Los equipos necesitan de un mal pase, un mal recorrido o una mala salida del portero rival para marcar la diferencia. Si no hay errores, no hay emociones. Las variantes se han vuelto mínimas. La posesión del balón ha perdido su eficacia; ya no gana aquel que monopoliza la pelota con pases cortos y al pie, sino aquel que sabe ser certero cuando le prestan el esférico. En el balompié actual, predominado por velocistas, no hay cabida para el romanticismo y la picardía. Extraña más un marcador abultado que un empate a ceros. Es por eso que los deslices cometidos durante el juego, y sobre todo los del zaguero, sean subrayados con aplomo. De no ser que ataje un penal, sus aciertos suelen pasar desapercibidos. Como no repercuten en el marcador, las atajadas nunca son celebradas con alegría desenfrenada en la barra local, ni con bailes de moda en la esquina rival. Cuando el balón cruza la linea de gol, la lente de las cámaras se vuelve tan villamelón que, sólo si el error cometido supera en magnitud a la proeza, enfocará primero al guardameta abatido que al autor del tanto.

Como pasó en la final de la última Champions League, una vez terminado el encuentro, mientras los madridistas disfrutaban del triunfo, los camarógrafos se entretenían con la cara desencajada y los ojos llenos de lágrimas con los que Karius, en aquel entonces portero del Liverpool, imploraba el perdón de la afición. Dos errores en noventa minutos fueron suficientes para darle un giro absoluto a su carrera. Fue tal la magnitud de sus actos esa noche que, durante el último mercado de verano, Loris fue traspasado al Besiktas de la liga turca. Amnesia sufrieron los hinchas reds quienes después de aquella noche, olvidando la letra de su himno, lo dejaron caminar solo. Incluso los narradores, intentando ser creativos, han convertido el apellido en metáfora. —Se mandó un Karius—, exclaman con ironía, ante un error del portero.

Karius

Es así como, en un futbol cuyo énfasis es el fallo, a diferencia de la alegría que suele repartirse entre miles (o incluso millones), la tristeza se concentra en uno solo, por lo general en el solitario de atrás que impide los goles. Jugador ocasional y de capacidades distintas, aunque resulte absurdo, el portero sólo puede jugar de portero. Mientras que el resto de las posiciones pueden llegar a ser heterogéneas (de no ser Jorge Campos quien, por el apellido heredado, desde su nacimiento fue bautizado polifacético) el guardameta no puede darse el lujo de desempeñarse en ningún puesto dentro del campo. Después del árbitro, uniformado de distinto color a sus compañeros, el arquero es una de las personas más solitarias dentro de la cancha. Por eso se dice que para pararse debajo de los tres palos se tiene que estar o muy loco o muy cuerdo, pero nunca las dos. Tantas veces villano, el guardameta sueña que, encerrado por los límites del área, una atajada certera lo convertirá, aunque sea por un momento, en el héroe del encuentro.

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