La distancia

Narrativa

Un futuro que se ofrece y no;/ un futuro/ que esboza en su proximidad los pliegues/ de su infinita lejanía.

Nu)n(ca, Luigi Amara

El reloj marca las tres y media de la mañana. Tic tac, tic tac. Colgados en la pared, con el paso de las manecillas, uno a uno van cayendo los segundos. Puntual, como es su costumbre, el insomnio se presenta a la cita. La noche es clara y las cortinas siguen arriba. El rayo de luna entrando por la ventana me ayuda a distinguir entre la oscuridad. Es la primera vez que reparo en el techo, antes blanco y ahora gris.

Contigo aquí, nunca tuve tiempo para ver la mancha de humedad que se esparce en la esquina y en las fisuras que adornan la superficie. El desacomodo de las sábanas es engañoso, cualquiera podría pensar que fuimos dos los que dormimos ahí, pero el frío edredón delata soledad. Diferente a otras, esta noche no son problemas los que me impiden conciliar el sueño. Es tu sonrisa, la de ayer, la que se cruza en la cara de las ovejas mientras intento contarlas. Esa que me levanta de la cama somnoliento, en la vigilia de mis sueños. La misma que, mientras caliento agua para café, me obliga a permanecer toda la noche pensando(te).

soledad11.jpg

Ahora que recuerdo, la verdad es que no quería ir, pero no sé por qué terminé yendo. Saludaba a los demás cuando apareciste tras la puerta con otro hombre de la mano. Sonreías como nunca me sonreíste a mí. Traté de permanecer en calma, pero no supe qué hacer. Después de todo lo que te escribí y de los poemas que, recostada sobre mis piernas te leí, lo veías a él como nunca a mí. Lo veías con esos ojos de gala que, durante algún tiempo, tuve privados sólo para ti. Me sudaron las manos y la música y el humo me obligaron a salir de ahí. Observaba los coches y la noche pasar, divagando sin claridad en mis pensamientos, cuando apareciste con dos cervezas en la mano. Me ofreciste una, te sentaste a mi lado en la banqueta y nos pusimos a platicar como dos viejos conocidos. Esos amigos que no son, que en algún momento lo fueron, pero ya no. Nunca te sentí tan ajena, tan cerca y tan distante. Sentados en la acera, chocando las rodillas al hablar, entre sorbos de cerveza tibia mirar tus ojos y comprender, por fin, la distancia que existe entre los dos, la que nos divide y nos separa. La que existe entre decir y pensar. Entre hacer y soñar. Entre estar y no estar. Entre intentar y lograr. Entre reír y llorar. Entre amar y odiar. Entre sentir y desear. Entre un beso robado y uno negado. Entre un sí y un no. Entre tu cuerpo y el mío. Entre el mío y el tuyo. Entre tú y yo y nosotros. Como decía Borges: un yo plural y de una sola sombra. Al final, la distancia es tan poca que resulta tanta. Fueron tantas las cosas que me callé y que me hubiera gustado decir. Decirte por ejemplo: quédate aquí sentada, conmigo, siempre. Ayúdame, como antes, a silenciar los ecos de la noche que me han robado la libertad y el sueño. Pero no, los momentos no se pueden guardar. Al igual que las cervezas, duran lo que duran y no dan para más. Se acaban, terminan antes de tiempo, son efímeros. Por eso, riendo los dos, tan cerca y tan lejos, uno al lado del otro, entendí. Perder con hidalguía era otra forma de vencer. Apuré el último trago y después de despedirme me fui.

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